Les juro que yo flotaba, sentía que mis pies no tocaban el
suelo, como si levitara, estaba en otra dimensión, por última vez crucé las
puertas de la clínica como obesa mórbida.
Llegamos a admisiones y presento mi orden de internación, un señor muy caballero nos indica el camino y nos lleva por pasillos internos para llegar más rápidamente a la habitación.
Llegamos a admisiones y presento mi orden de internación, un señor muy caballero nos indica el camino y nos lleva por pasillos internos para llegar más rápidamente a la habitación.
Entramos a la habitación, apenas atravesé la puerta me adueñé de ella,
saqué las cosas del bolso y me senté en la cama, “quería probarla”.
Minutos después entra mi madre, -hasta ese momento habíamos
estado distanciadas, por motivos que no vienen al caso-, pero debo reconocer
que verla ahí me reconfortó mucho, me tranquilizaba saber que iba a estar ahí,
(además de tranquilizar a mi papá que estaba como loco).
Me preguntó cómo estaba – hacía semanas que no nos veíamos
ni hablábamos– le respondí que bien, tranquila y ansiosa. Me dijo que todo iba a
salir bien y le respondí que lo sabía, que me había preparado mucho para eso.
En el acto vino una enfermera, me dio la bienvenida y me da
las primeras instrucciones.
Me dice – Tomá, báñate con este jabón (una especie de telita
que al mojarse tiene jabón) y ponete la bata, sin ropa interior, por favor-. Yo
ya me había bañado pero no iba a contradecir a la señora, me esperaban 2 largos
días bajo sus cuidados, lo que menos quería era contradecirla.
Me bañé, por suerte la bata era grande y no me sobraba tanto
cuerpo fuera de ella. Muy en contra de mi voluntad me quedé sin ropa interior
(soy extremadamente pudorosa).
Vino un enfermero varón y me dio las siguientes
instrucciones, me iba a tomar la presión (11/7), la temperatura (36.5 C°) y me iba a
pesar (para saber la cantidad de anestesia necesaria en la cirugía).
Caminé hasta la balanza y me juré que iba a ser la última
vez que pesarme fuese “una maldición”, y así fue, mi enemiga me estaba dando
tregua ¡por fin!, indicaba 97,4 kilos, exactamente 13 kilos menos que cuando
había comenzado el tratamiento y para coronar semejante logro, con ese peso
acababa –según los parámetros médicos de peso y de IMC- de salir de la obesidad
mórbida, eran todas buenas señales.
Volví al dormitorio y mi cara lo decía todo, ¿O no?.
Esas fotos me las saqué mientras esperaba que vengan a buscarme. |
A los pocos minutos vino la enfermera nuevamente, me entrega
una cofia espantosa de baño – pero esta era de clínica – y unos zapatitos igual
de hermosos (léase sarcasmo), sin chistar me puse absolutamente todo.
Vino el Doc. Carlos Giordanelli y me preguntó cómo estaba y
si estaba lista, le dije que sí y se fue al quirófano, supongo yo, porque ahí
lo encontré minutos mas tarde.
La enfermera me dijo que ya ERA LA HORA, que me tenían que llevar al quirófano, ¡Que emoción!
¡Realmente iba a suceder!.
Les di un beso a cada uno y partimos hacia el quirófano, en la
camilla misma. El trayecto fue corto, salimos de la habitación, luego a la
derecha, luego a la izquierda y pasé por un “hoyo” u “orificio” que conectaba
con el quirófano y me deslizaron por ahí. Listo, ya estaba dentro del
quirófano.
Del lado de afuera – desde mi camilla- veía a Giordanelli y
Monti, mis cirujanos, esperando que el equipo médico termine de “prepararme”.
Párrafo aparte merecen los “atuendos” de “Gio” y Monti,
mitad color mostaza y mitad bordó – nunca visto – juicio al diseñador de esos “ambos”,
no dije nada, obviamente, pero no podía dejar de pensarlo.
En cuestión de segundos el anestesista me hizo volver a lo
importante y me explicó lo que me iban a colocar, que efecto iba a tener, me
hizo preguntas sobre que medicación tomaba y si había tomado alguna ese día, le
dije que absolutamente nada, entonces era mi momento de hacer las preguntas de
rigor. La misma secuencia que con el anestesista de la endoscopia, le pregunté
si había bebido, dormido, etc., obviamente me dijo que no, ¡que me va a decir!
¡Qué ilusa!
Me pusieron el catéter por donde iba a pasar la anestesia
(no dolió nada) – y eso que yo soy re maricona- sentí un chorro tibio corriendo
por mi torrente sanguíneo…¡GAME
OVER AGAIN!
Lo próximo que recuerdo fue estar en una habitación
diferente, atontada, con molestias obvias, “Gio” al lado mío preguntándome como
estaba y fue ahí cuando lo supe…¡HABÍA
VUELTO A NACER! ¡Estaba viva! ¡Comenzaba una nueva vida! Aún atontada lloré
de emoción, eran lágrimas de felicidad.
A los pocos minutos volví a ser yo y comencé a quejarme- si
señores- me dolía el pié.