20 de diciembre de 2011

La despedida de la gorda – el trayecto a la clínica.

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20 de Diciembre, 4:30 AM, barrio de Palermo, Buenos aires, Argentina.

Con bolso y llaves en mano crucé el living hacia la puerta de salida de mi departamento, mi hermano que dormía me sale al cruce y me desea suerte.

Miro una vez más el living, testigo de infinitas comilonas, y me despido para siempre de mi DEPRIMENTE vida de gorda, sabiendo a ciencia cierta que la próxima vez que cruzara esa puerta iba ser bien diferente.

Estaba muy feliz, pero debo admitir que no dejaba de ser un duelo para mí.

Cuando llego a planta baja me miro por última vez al espejo y no puedo evitar reírme, estaba toda vestida de negro, de pies a cabeza, vermudas, musculosa y sandalias, ¡para nada alegórico y totalmente literal!, estaba enviudando de mi gordura.

No había otro sentimiento que no sea PAZ en mi persona.

Abrí la puerta del edificio y ahí estaba mi padre, esperándome para ir al CEMIC, aún sin haber cruzado la calle ya pude ver que estaba ATERRORIZADO, su respiración estaba agitada, transpiraba y fumaba como nunca.

Apenas me subo al auto me pregunta:

Papá: ¿Dormiste bien?.

Yo: Si papá, perfectamente, ¿Vamos?.

Papá: ¿A qué hora dejaste de comer y beber anoche? ¿Hiciste las horas de ayudo que te dijeron?

Yo: ¡NO, recién me comí un bife con papas fritas!...¡OBVIO QUE SÍ PAPÁ! ¿CREÉS QUE ESTOY LOCA ACASO?

Papá: No, bueno, pregunto nomás…………………….(Silencio interminable).

Para culminar me dice:

Papá: ¿Estás segura hija? Yo te voy a apoyar en lo que decidas pero quiero saber si estás segura (Es verdad, siempre lo hizo).

Yo: ABSOLUTAMENTE, estoy lista.

Papá: Bueno, listo entonces, vamos a la clínica que nos espera tu madre. (Padres divorciados, para los que no tenían el dato).

Vivo a 10 minutos aproximadamente de la clínica (2,4 km.) pero, como explicarles ese viaje en auto.

Yo tuve la sensación de que ese viaje en auto era como “un portal” hacia otro nuevo mundo, es muy difícil explicar la sensación de alegría, paz, ansiedad, nervios, melancolía y esperanza, todo junto, mezclado en una batidora cual cóctel “molotov”.

En el auto el silencio abundaba, sonaba en la radio una emisora de "viejos" del tipo “Aspen” o “Feeling”, pero nada me inmutaba.

Yo tenía el bolso sobre mis piernas y me aferraba a él como si lo fuese a perder o alguien me lo fuera a querer robar, miraba a lo lejos por la ventana y el viento me pegaba en la cara, esa siempre fue para mí una sensación placentera, era lo que necesitaba en ese momento.

Casi sin darme cuenta llegamos al Cemic. Ya estaba empezando a “clarear” el cielo, era un día templado y con un maravilloso cielo diáfano.

Papá nuevamente me preguntó, -¿Estás segura, no?, asentí con la cabeza y comenzamos a cruzar la playa de estacionamiento para ingresar a la clínica.

Eran las 5 AM.

La noche previa – 19 de diciembre de 2011.

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Ese día decidí ir a la oficina, quedarme en casa sola iba ser mucho peor, mas ansiedad aún, así que prefería estar en la oficina, sola, pero al menos no en casa sin nada que hacer y pensando en la cirugía.

Ese día trabajé como cualquier otro día, normalmente.

Yo trabajo para una repartición del estado, justo ese día se hacía el almuerzo de “Despedida del año”, hablé con mis jefes, les expliqué la situación y les dije que si bien no quería faltar al almuerzo consideraba que “como estaba a dieta líquida” no iba consumir nada y no tenía sentido acudir porque me iba a sentir “sapo de otro pozo”, me dijeron que estaban absolutamente de acuerdo y que hiciera lo que yo quisiera.

El día transcurrió de lo más normal. Hice mi dieta líquida como correspondía cuando salí de la oficina fui a mi sesión de terapia como para terminar de “ordenar” todo lo referido a la nueva vida que comenzaba al día siguiente.

Vino la enfermera y me puso la inyección de “FRAXIPARINE” (Antitrombótico) de rigor que se da antes de cada cirugía. (Es subcutánea y se la pueden administrar ustedes mismos, si se animan, yo ni loca).

Tuve mi merienda “líquida” y comencé con mis 12 horas de ayuno, a partir de ahí sólo agua, nada de alimentos, ni siquiera líquidos… ¿La verdad?, no me importaba en lo más mínimo, en mi interior solamente había paz, les juro, NUNCA JAMAS me había sentido así, y no, no estaba sedada. 

Hasta dos días antes de la cirugía había tenido miedo, mucho, de verdad, por momentos era un miedo que me dejaba inmóvil, pánico total, miedo de la anestesia, miedo de que no valiera la pena, miedo a morirme, a operarme y no bajar de peso, miedo a que el dolor sea insoportable, miedo a no poder volver a comer nunca más, miedo al miedo.

Pero ese día previo a la cirugía fue como “un amansador”, del tipo, “Okey, listo, esto va a suceder, así que a ponerle el pecho”, y así fue.

Me bañe, me quité el esmalte de las uñas de las manos y pies (te lo exigen para la cirugía), me hice un baño de crema, me puse a ordenar mi dormitorio para dejarlo listo para la “gloriosa vuelta” y cuando fueron las 12 AM del 20 de Diciembre me senté frente a la PC de casa y posteé en Facebook mi último mensaje como “Obesa Mórbida”:




Me desperté como si hubiese dormido toda una noche entera, esa mañana no tomé mi pastilla de T4, (el día de la cirugía no se toma ningún remedio, salvo que el cirujano así se los indique).

Hice todas las cosas de rutina, la cama, mimos a mi gato por última vez antes del “renacer”, me bañe, me lavé los dientes, me cambié, agarré mi bolso y mis llaves, miré a mi alrededor, me despedí de mi ropa gorda, de mi zapatos gordos, de mi silla gorda y bajé a esperar a mi papá que me llevaría a la clínica.


El camino a la clínica fue súper tranquilo y distendido, al menos para mí, mi padre no estaba tan sereno (tema de otro post).
 
Continúa
 

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